El afecto y el control: ¿dos caras de la misma moneda?

Muy a menudo se aconseja a las figuras parentales que cuiden que sus relaciones con sus hijos e hijas sean afectuosas pero que al mismo tiempo ejerzan control sobre sus comportamientos. Quizás no les estemos contando que el afecto y el control son dos tipos de respuestas parentales que tratan de satisfacer dos tipos de necesidades infantiles que se inscriben en sistemas “diseñados” con propósitos muy diferentes. Empecemos con las respuestas de afecto.

texto alternativo Mostrarse afectivos y cálidos con los hijos e hijas responde a la necesidad infantil de establecer lazos seguros y confiables con sus cuidadores. Esta necesidad se inscribe dentro del sistema de apego según el cual el niño pre-verbal viene primado biológicamente para atraer por medio de miradas, llantos, sonrisas, grititos, balbuceos, o gestos la atención de los adultos desde muy temprano. Mediante esas señales de atención el bebé “comunica” la presencia de una necesidad: hambre, sueño, estimulación, compañía, actividad física, cuya satisfacción resulta clave para su supervivencia. El sistema biológico del bebé requiere contar con adultos cooperativos que interpreten bien sus señales y le respondan adecuadamente y de modo rápido para satisfacer esa necesidad. De ello depende que el bebé logre un vinculo emocional seguro y estable que le permita poco a poco establecer una base segura desde la que explorar y lanzarse al entorno. Esta base segura en el afecto de sus cuidadores es un factor protector de primer orden para el desarrollo de una buena salud mental y capacidades sociales para tratar con las personas. Por eso, investigaciones actuales señalan que el cerebro de la madre e incluso del padre, se equipan también convenientemente para estar a tono con la situación, activando áreas cerebrales relacionadas con la empatía hacia los demás y la percepción y respuesta rápida ante el llanto como formas de asegurar esa respuesta tan necesaria para la supervivencia y el desarrollo sano del bebé. En los casos en que no se produce este tipo de respuesta del cuidador por problemas de depresión u otra patología severa, toxicomanía, abandono o negligencia, maltrato físico o sexual se quiebra el buen funcionamiento del sistema de apego y aparecen consecuencias muy negativas sobre el desarrollo infantil.

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